A la hora de comer

Comer es también un acto afectivo. Si se procura un ambiente cordial, que favorezca la comunicación, sentarse a la mesa puede convertirse en un momento delicioso.

Dolor de panza, cansancio, mareos, jaqueca, ganas de vomitar… A la hora de comer, las enfermedades que pueden llegar a padecer los niños son infinitas. Y, aunque en la mayoría de los casos se trata de males imaginarios, han de ser tenidos en cuenta como posibles síntomas de una carencia afectiva.

A esta edad, además del alimento en sí, los niños necesitan comunicarse. Y es ese apetito de comunicación lo que no siempre queda satisfecho. Sentados delante del plato, muchos pequeños, simplemente, se aburren o soportan los sermones de los mayores, para quienes comer es un placer del que ellos no saben gozar. Cuando la comida se realiza con apuro, de malhumor y sin ganas de hablar, el apetito desaparece y comer se convierte en un drama.

En muchos hogares, la hora de la comida es un acontecimiento familiar importante, en el que todos se reúnen en torno a la mesa y se cuentan las pequeñas anécdotas de la jornada. Los horarios, muchas veces incompatibles, obligan a aplazar este encuentro hasta la cena. Y hay familias que sólo coinciden en el desayuno.

Al menos una vez al día, hay que procurar que los chicos coman en compañía de sus padres. Hacer dos tandas para comer, la de los papás y la de los niños, o mandarlos a la cocina, con el pretexto de que ensucian mucho y no saben comportarse, es un grave error. Resulta esencial para su desarrollo social que se integren en la vida familiar como un miembro más, compartiendo el momento con los mayores y participando, a su manera, en las conversaciones.

La idea de que los niños no deben hablar durante la comida es algo que ya forma parte del pasado. Un entorno agradable, en el que se sientan a gusto, es el mejor estímulo para abrir el apetito. Y, seguro, cuando estén felices y contentos, comerán más y se nutrirán mejor. Por eso, algunos de los que en casa no prueban ni un bocado, suelen devorarlo todo en la escuela, con gran sorpresa de sus padres.

Por lo tanto, además de evitar que los niños coman solos, hay que tratar de crear un clima relajado y distendido en la mesa. Y esto supone aplazar las disputas familiares, evitar descargar el estrés laboral, prescindir del televisor, fomentar el diálogo con los hijos y, sobre todo, no atosigarlos.

Escrito por | 24 de mayo de 2010 con 2 comentarios.
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