Amamantar es sinónimo de amar

Después del parto, por su estado fisiológico, la madre es sensible a las manifestaciones de conducta del recién nacido y comienza a interactuar con ellas. A su vez, el bebé responde a la conducta maternal estableciendo relaciones recíprocas y afianzando el vínculo interhumano de mayor fuerza y persistencia a lo largo de la existencia.

La relación madre-hijo de la que tanto hablan ahora los humanos fue practicada siempre por el resto de los animales mamíferos y, si bien en los humanos este vínculo se evidencia por la connotación afectiva que tiene, su raíz es estrictamente biológica. Es el más sensual de los amores.

La madre quiere a su hijo porque es “suyo”. Es más, no puede ser de otra manera. El dar la vida por él no es una frase literal, y la naturaleza abunda en ejemplos. No se trata de un acto de heroísmo, es un imperativo biológico y éste sólo es posible cuando ha tenido lugar la instalación de un vínculo físico entre la madre y el bebé.

Tan importante es el contacto corporal y sensorial con el niño, que todos nosotros conocemos -ya sea directa o indirectamente- situaciones desgraciadas en las que madres que habían planeado no hacerse cargo de su hijo o darlo en adopción, modifican su proyecto una vez establecido el contacto físico con él. Así ha sido siempre y deberá seguir siéndolo si queremos conservar el pilar sobre el que se
asienta la felicidad de la persona y, en consecuencia, de la comunidad toda.

Amamantar es mucho más que alimentar. Implica amar. Se puede tener mucha leche en las mamas y no amamantar, y también es posible realizar admirablemente esa función a pesar de poseer escasa cantidad de secreción láctea. Más aún, el déficit de sustancias nutritivas puede ser sustituido por mamaderas, pero el déficit de amor, no. Madre hay una sola: “la que sabe amar”.

Escrito por | 29 de mayo de 2012 con 0 comentarios.
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