Bebés en la piscina

De más está decir lo mucho que disfrutan en el agua, siempre que esta esté calentita y se sientan seguros en brazos de sus padres o de un instructor especializado. También sabemos que el agua es uno de los mejores sedantes, incluso para los niños más nerviosos o irritables.

Desde la bañera. Nosotros podemos empezar a preparar a nuestro pequeño en la bañera, sujetándolo bien con los brazos y dejando que patalee a sus anchas. También es posible rociarlo con una regaderita para que se vaya acostumbrando, poco apoco, a sentir el agua sobre la cabeza. Todo esto lo plantearemos como un juego suave y tierno, sin asustarlo, evitando sobresaltos y añadiendo palabras y mimos.

Más tarde, podemos intentar meterlo con nosotros durante unos momentos en la piscina. No conviene ponerle salvavidas o flotadores, porque le crean una falsa sensación de seguridad y hasta pueden ser peligrosos si se dan vuelta y el bebé no puede volver a su posición normal.

Las escuelas de natación para bebés han proliferado mucho en los últimos tiempos. Normalmente, aceptan alumnos a partir de los seis meses, aunque hay institutos que los admiten antes, desde los tres o cuatro meses. También los hay que practican la estimulación en el agua con bebés de un mes de vida. Suelen ser clases individualizadas, con una profesora especializada por niño, y de una duración entre 15 minutos y media hora.

Se les enseña primordialmente a adquirir confianza en el agua y a flotar en posición dorsal, es decir, boca arriba. Más tarde, cuando crezcan, “pedalearán”, como los perritos, para avanzar. Y, pasados los años, aprenderán a nadar con algún estilo. En la mayoría de los gimnasios, dejan participar a la madre o el padre, para que el bebé se sienta totalmente seguro. De esta forma, ellos aprenden cómo tratar a su hijo en el agua, qué se debe hacer y qué no, y pierden sus propios temores.

Pero también es importante que los padres tengamos claro que, aunque el agua aporte tantos beneficios para los pequeños, jamás deberemos forzarlos a entrar o permanecer en ella si no lo desean. No a todos los bebés les atrae el tema de la natación y hay que respetarlo. Si obligamos a un niño a entrar en el mar o la pileta, los efectos negativos pueden ser nefastos. El pequeño podría desarrollar una auténtica aversión al agua… y probablemente a nosotros.

Escrito por | 14 de agosto de 2010 con 3 comentarios.
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Comentarios

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