Comparar no es estímulo para un niño

Marco está aprendiendo a nadar. No es ni mejor ni peor que sus compañeros de clase. Pero tiene un primo de su misma edad, Gastón, que es todo un deportista: no sólo nada como un pez, sino que bucea, practica crol y hasta hace un poco de mariposa.

Ambos niños van al mismo centro de natación. Marco escucha alabar cada día las excelencias de su portentoso primo y, de vez en cuando, oye una bien intencionada frase del tipo de “A ver si llegas a ser tan magnífico atleta como Gastón”. El caso es que Marco parece haber perdido la ilusión de los primeros días y hay que empujarlo para que siga asistiendo al curso de natación. ¿Por qué será?

Muy sencillo. Lejos de ser un estímulo para Marco, los logros de su primo los encuentra inalcanzables para él. Y quizá con razón. Así que, ¿para qué competir contra lo imposible? La pauta de los padres de Marco es equivocada. Lo que deberían hacer es olvidarse del primo y reconocer y elogiar todos los progresos de Marco, sean grandes o pequeños.

Porque hay una comparación que sí es estimulante: la comparación con uno mismo. Los papas de Marco pueden esmerarse en enseñarle a dar importancia al hecho de que en la última semana su hijo ya sea capaz de flotar y hacer un largo con soltura y sin ningún tipo de protección, cosas de las que todavía no era capaz en el curso anterior.

Darse cuenta de los propios progresos equivale a compararse con uno mismo, es decir, comparar lo que uno sabía hacer ayer con lo que sabe hacer hoy. La sensación de progreso personal que se obtiene de este modo es sumamente motivadora y constituye un gran estímulo para seguir progresando.

Hay otro motivo que debe ponernos en guardia contra las odiosas comparaciones, y es que son uno de los principales motivos de celos y peleas entre hermanos. El método más fácil y seguro para provocar los celos es dedicarse a hacer comparaciones.

Escrito por | 28 de abril de 2012 con 0 comentarios.
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