Comportamiento del niño de un año

Una persona que nos provoca quiere retarnos, impulsarnos a reaccionar. También el niño que, de repente, se nos rebela quiere desafiarnos. Pero ningún niño se enfrenta a sus padres sólo porque le gusta hacerse un poco el Rambo. El estado de ánimo que lo lleva a la provocación ha ido creciendo poco a poco de la forma siguiente:

1. El niño, que hasta entonces ha estado jugando pacíficamente, se vuelve intranquilo. Toca varios juguetes sin motivarse con ninguno, todos le resultan aburridos. Rezonga un poco, sus movimientos se vuelven desganados. En este momento reclama nuestra presencia, está lanzando una llamada de socorro: “Necesito tu ayuda. Me canso y no me quedan fuerzas para inventar otro juego. Haz algo para que desaparezca este malestar que siento”.

2. Si ante este estado de cosas nadie le hace caso, el pequeño se vuelve aún más intranquilo. A lo mejor retoma el juego de antes, pero ya con una rabia apenas contenida: hace derrumbarse con estrépito la torre de los cubos, tira al osito a un rincón o le arranca un brazo a la muñeca. Acto seguido, busca con los ojos ese punto, esa sirena de alarma que, según su experiencia, atrae con toda seguridad la atención de la madre o del padre: ¿abrir la heladera?, ¿manipular las llaves de la cocina?, ¿arrancar una planta? Con todo eso quiere decir que ahora necesita ayuda de verdad. “¿Por qué nadie se ocupa de mí?”

3. Si ni siquiera así alguien le hace caso, el niño pasará a la acción: arrancará la planta, abrirá la llave del gas, inundará el baño o  hará añicos un plato… las posibilidades son infinitas. ¡Ahora sí! ¡Por fin alguien se da cuenta de que él existe! Lo reprenden, le gritan, se enojan… da igual. Aunque la atención sea negativa y al final todo termine en un gran llanto, siempre resulta mejor que ser ignorado.

Escrito por | 8 de marzo de 2012 con 0 comentarios.
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