Cuando el parto no duele

El umbral del dolor cambia mucho de unas personas a otras. Hay algunas que no pueden soportar un pellizco en el brazo, mientras que otras ni siquiera lo notan. Es porque el dolor no se manifiesta en el lugar donde nos dimos un golpe o en el dedo que nos cortamos sin querer: sólo existe en el cerebro. Si las terminales nerviosas no mandaran la señal del golpe hasta él, no sentiríamos nada.

Evidentemente, no todos tenemos la capacidad de concentración suficiente para anular lo que sentimos cuando algo nos duele y, con frecuencia, es nuestra actitud la que decide cuánto daño nos hemos hecho y si va a seguir molestándonos más tiempo.

Hay mujeres que llegan a la maternidad preparadas para lo peor. Es habitual que otras madres les hayan contado lo mal que lo pasaron y lo mucho que sufrieron durante el parto. Parecería que fueran pocas las que afirman estar encantadas, haber recibido un trato maravilloso y tener un recuerdo feliz de ese momento. Seguramente son muchas, pero no las oímos.

Entrar en el último mes aterrada por lo que pueda ocurrir es la manera más fácil de pasarlo mal. La buena o mala disposición de la mamá suele ser el punto clave durante el parto. Si entra en la sala de partos llena de miedo y suspicacia, desconfiando del personal que la atiende o con la certeza de que va a ser el peor momento de su vida, posiblemente termine siendo así. Pero si está emocionada y ansiosa por ver a su bebé y se muestra participativa y colabora con la partera y el médico, lo más probable es que el dolor le resulte perfectamente soportable.

La asistencia a los cursos de psicoprofilaxis del parto, la cercanía de los seres queridos (especialmente el papá) y un trato cariñoso por parte de los especialistas reducen drásticamente el dolor.

Escrito por | 11 de enero de 2011 con 0 comentarios.
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