El embarazo a través del tiempo

Todo lo relacionado con el embarazo o el parto ha merecido la atención de los pueblos desde la más remota antigüedad. En la evolución de la Obstetricia hubo siempre un paralelismo entre la manera de asistir un parto y el grado cultural de la sociedad. No puede ser lo mismo la Obstetricia en una tribu de nómadas que en un pueblo dedicado a la pesca.

Junto a las atrocidades de la Obstetricia antigua, encontramos a ciertos grupos humanos primitivos, quienes, por pura intuición de lo natural, proporcionaban una  asistencia más racional y simple a la mujer en trabajo de parto. A pesar de ello, algo común y trágico encontramos a lo largo de la historia: una persistente abulia e incapacidad del varón para hacer frente a su elemental deber de disminuir o mitigar los sufrimientos de la mujer en tal situación. Esta crueldad constante, a la que se ha visto sometida la mujer durante tantos siglos, fue consecuencia de los ritos y hechicerías que desde la antigüedad gobernaron la Obstetricia.

A lo largo de toda la prehistoria la mujer alumbró sin ayuda de nadie, en soledad; de este modo, a semejanza de los animales, llevó a cabo sus funciones procreativas. Más tarde comenzó a recibir una asistencia que no siempre fue benéfica: en ciertas tribus del antiguo México se preparaba a la mujer para el parto, desde el séptimo mes, a base de un tratamiento de puñetazos y golpes sobre la espalda y el vientre. La primera colaboración efectiva en el parto la desempeñó el cónyuge en las islas Marquesas, al ayudar a su mujer a cortar el cordón umbilical con una piedra afilada. En muchas sociedades primitivas los maridos preparaban un techo y un lecho apropiado para que sus mujeres se hallaran más protegidas durante el parto.

En la antigua Grecia fue Platón quien, por primera vez, se ocupó de las parteras, observando que para desempeñar con eficacia el oficio de ayuda a la gestante ellas mismas tenían que haber pasado por la «prueba» de la maternidad. En la época de Galeno, la asistencia al parto debía ser desempeñada únicamente por mujeres preparadas a tal fin (obstétricas), quienes ya sabían realizar exámenes algo más serios, como, por ejemplo, diagnosticar la posición del feto dentro de la madre mediante un reconocimiento a través del conducto vaginal.

Es a partir del siglo xiv cuando el ejercicio de la Obstetricia comienza a ser practicado por hombres, quienes adquieren el papel, no ya de simple ayuda conyugal a la esposa, sino de médicos de las mujeres en los casos obstétricos graves. La aparición de estos médicos obstetras se vio postergada, durante muchos siglos, por un sentimiento de pudor ante la ayuda masculina en la asistencia al parto, y por el prejuicio, ancestral y absurdo, de no permitir, en tales circunstancias, el contacto inmediato de la mano masculina con los órganos genitales de la mujer. El advenimiento del hombre a tales funciones originó una de las más formidables revoluciones científicas; el falso pudor y la mojigatería fueron vencidos poco a poco gracias a grandes médicos y cirujanos que, lentamente, lograron admirables conquistas en medicina interna, cirugía y ginecología.

Los nuevos conocimientos adquiridos en el transcurso de los años permiten, actualmente, librar a la mujer de los sufrimientos del parto, brindándole una ayuda científica y racional, expresión última de la victoria alcanzada por la ciencia sobre los ritos y tabúes que antaño caracterizaron a la Obstetricia.

Escrito por | 4 de julio de 2011 con 0 comentarios.
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