El frío y el calor para el recién nacido

El tema de la sensibilidad a la temperatura ambiente, o a la temperatura de los objetos que de un modo u otro entran en contacto con la piel del recién nacido, merece un capítulo aparte.  Habitualmente se piensa que el bebé, y más en general el niño pequeño, acusa mucho el frío.
Esta convicción se basa en el hecho de que, hasta el momento de nacer, el niño estaba en un ambiente cálido, en el interior del útero, donde la temperatura es aproximadamente la misma que la del organismo humano: unos 37° C; prácticamente, una temperatura tropical.

Se ha observado, además, que el niño tiende a tranquilizarse cuando se le toma en brazos, apoyado contra el cálido cuerpo materno, o cuando se le sumerge en agua tibia. Por otra parte, se han dado bastantes casos de recién nacidos que, abandonados al aire libre, incluso en climas extremadamente inclementes y hasta en medio de la nieve, no acusan demasiado semejante trauma climático.

La experiencia de los pediatras demostraría, en realidad, que el niño pequeño logra defenderse bastante bien contra el frío, mientras que soporta mal el calor excesivo. Naturalmente, no podemos saber hasta qué punto estos mecanismos defensivos se corresponden con las sensaciones del pequeño. Pero es cierto que el recién nacido y el lactante parecen agitarse más cuando están en un ambiente muy cálido. Y, según parece, esta intolerancia al calor aumenta durante los primeros meses de vida. En resumen, es probable que el niño, a medida que se, acuse menos el frío que el calor. La acción calmante del abrazo o del baño cálido podría deberse más a aspecto “afectivo” que a la temperatura en sí.

Lo que sí es seguro es que el curso del primer año de vida, la sensibilidad a la temperatura del ambiente o a la temperatura de los objetos va en aumento.

Escrito por | 2 de noviembre de 2011 con 0 comentarios.
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