Las comparaciones entre hermanos

El efecto que se obtiene sobre un niño al que se lo compara desfavorablemente con su hermano es doble: por un lado, se siente menospreciado y relegado en la estimación de sus padres; y por otro, se despierta su resentimiento hacia el hermano que sale favorecido. Dos por uno, como en las liquidaciones. Es difícil imaginar una inversión que arroje un saldo más negativo.

Afortunadamente, muchos padres conocen estos peligros y tienen el tacto suficiente para no recurrir a este modo de corregir a los pequeños. Etiquetar a los niños, aunque sea con etiquetas favorables, puede convertirse también en un modo de comparar. Decir de alguien que es “el estudioso”, “el simpático” o “el atleta” de la familia puede tener el efecto contrario: que los otros renuncien a cultivar esa cualidad que, según parece, ya tiene propietario.

Es preferible destacar los progresos de cada niño en los diversos aspectos, sin compararlo con nadie, para que no renuncie a desarrollar facetas importantes de su personalidad. Si alguna vez se quiere utilizar el acicate de un hermano o de alguien que se destaca en algo, hay que tener un tacto exquisito para que el niño no lo perciba como una vara de medir sus logros, sino como una referencia que le sirva de modelo y estímulo.

Sin embargo, no debemos  confundir el evitar las odiosas comparaciones con el tratar a todos los hermanos exactamente por igual. Por ejemplo, dando los mismos regalos y atenciones a los niños, sobre todo si tienen parecida edad. Si a uno se le compra un auto rojo, al otro igual. Si una nena recibe un vestido, la otra lo mismo, y de ser posible, idéntico. Si uno se sienta en una rodilla de papá, el otro debe sentarse en la otra. Los padres que actúan así, además, suelen hablar sobre esta estricta igualdad para remarcarla mejor.

Pero, curiosamente, esta rígida uniformidad en el trato suele cosechar efectos contrarios a los buscados, ya que los niños se convierten en celosos vigilantes que se pasan el día acechándose entre sí para que ninguno obtenga más que el otro, con lo que se acentúan la rivalidad y las peleas. Hay que tener en cuenta que cada niño es especial y único, con sus propias características como persona. Tratarlos como si fuesen un rebaño no contribuye precisamente a que sientan y desarrollen su individualidad, personal e irrepetible.

Escrito por | 29 de abril de 2012 con 0 comentarios.
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