Los castigos más efectivos para los niños

Este es un castigo poco utilizado y muy efectivo. Sin gritar, le comunicas a tu hijo tu disgusto y sigues con lo tuyo. Pocos niños resisten esta situación mucho tiempo porque les inquieta nuestra supuesta indiferencia.

Para los casos que se merecen un golpe de efecto, conviene dejar aún más patente nuestra frialdad y recluirle en su habitación. La soledad le permitirá evaluar el desastre que ha causado. Mientras tanto, recuperarás el control sobre tus nervios.

No le tengas encerrado toda la tarde porque pronto se hará con la nueva situación y pasará un momento estupendo, rodeado como está de todos sus juguetes. De diez minutos a un cuarto de hora, el tiempo para acallar su llanto y recuperar la calma suelen ser más que suficientes. Cuando levantes el castigo, habíale tranquilamente de lo que ha pasado. Debe entender la magnitud de tu disgusto y pedirte perdón.

Bien administrada, ésta es tu mejor arma. Sin duda, la más eficaz. En primer lugar, la pérdida de privilegios que vas a inflingir a tu hijo debe tener relación con la gravedad de la falta. Tienes muchos cartuchos, pero no los malgastes irreflexivamente. Una falta leve no debe costar un privilegio muy valorado. Cada niño tiene su propia escala de valores. Mejor que tú, no la conoce nadie: su programa favorito de la tele, su videojuego preferido, la propina de fin de semana, la visita del primo…

Ten en cuenta algo importante: ni la cama ni la comida deben asociarse a castigos. Convertir un postre o la hora de ir a la cama en motivo de intercambios contra buenas o malas acciones pueden traer consecuencias indeseables. Si caes en esta tentación, te arriesgas a que él también los utilice para chantajearte, cosa que conseguiría con facilidad ya que el sueño y la comida son fundamentales para su salud.

Y otro aspecto a considerar: la mala conducta debe asociarse a una perdida de privilegios inmediata. El castigo no debe posponerse en el tiempo, sobre todo si el niño es pequeño. En caso contrario, corremos el riesgo de que no se olvide del motivo por el cual le hemos castigado.

Una buena idea: la pérdida de privilegio puede ser imaginaria. “Yo que pensaba jugar al parchís contigo, ahora no lo haré.”

Escrito por | 24 de agosto de 2011 con 0 comentarios.
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