Los hijos de mi marido

“Me está mirando, yo sé que me está mirando, disimula, pero estudia cada gesto, cómo me visto, cómo trato a sus hijos. Cada semana es igual. Desde que vive con mi papá trata de ser simpática, pero en el fondo no le importa nada de nosotros.”

La mesa familiar esconde en cada rincón miedos, fantasías y esperanzas. El miedo de no ser aceptados por aquellos que son tan importantes para el ser que amamos tiñe las relaciones con luces intermitentes. ¿Podremos volver a ser una familia? ¿Quiénes somos? ¿Cómo nos nombramos? El vínculo con los hijos del matrimonio anterior y el nuevo cónyuge no tiene nombre. Sin embargo, cada vez son más las familias que conviven, aunque sea los fines de semana, bajo el mismo techo. Esta recomposición exige naturalmente la disolución definitiva de la pareja anterior.

El tiempo de aceptación no es el mismo para los que han tomado la decisión – la nueva pareja- que para los hijos, para quienes la ruptura entre sus padres es incomprensible y, muchas veces, interpretada como una crisis más que, tal vez, “ya pasará”.

La llegada de una persona a la casa de mamá o de papá no les permite a los hijos seguir especulando ni fantaseando con la probabilidad de que sus padres vuelvan a unirse. También sabemos que por más cruel que sea la realidad, no impide la fantasía. Pero ya no es lo mismo sostenerla para todos, adultos y jóvenes. Se confirma entonces la imposibilidad de recuperar aquella familia intacta y feliz y la posibilidad de intentar ser feliz sin que nadie quede afuera.

Se plantean para la nueva pareja algunas alternativas cuya resolución tendrá que ver con las historias individuales, la presencia más o menos conflictiva de los ex (en la presión que pueden ejercer con los menores), el número de hijos, la edad de éstos y, si son o no compatibles, con los hijos del otro. Y, sobre todo, quiénes son los que van a convivir y en qué situación de privilegio están con los que no conviven.

Escrito por | 8 de mayo de 2012 con 0 comentarios.
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