Los niños y la magia

A veces los niños nos sorprenden con una especie de rituales. Quieren que algo les salga bien, y cruzan los dedos o caminan por la vereda fijando el pie cada dos baldosas, se ponen sus medias de la suerte (o una pulsera, una remera). No están convencidos de que sea infalible, claro; pero les hace sentir que controlan la situación, que son más fuertes (“Las cosas pasan porque yo lo quiero así; y, si yo no quiero, no pasan); y eso les da seguridad. También nosotros tenemos cabalas: tocar madera, brindar (y no con agua), no hablar de los nuevos proyectos. No estamos seguros de que funcione, pero por si acaso…

¿Y si nuestro hijo nos sale con que en el placard de su cuarto hay un monstruo? Ya que convencerlo de que los monstruos no existen resulta casi misión imposible (por ahora), ayudémoslo a transformar ese bicho tan feo en uno más simpático (“¡Pero si es el monstruo de las galletitas!”). Muchas veces, lo único que pretenden es involucrarnos en el juego.

En general, los rituales excesivos, como mirar debajo de la cama, deben preocuparnos cuando se trata de actos exagerados que impiden al niño realizar otras actividades. Quizá manifiesta así alguna inseguridad (¿ya no va contento al colegio?, ¿le cuesta relacionarse?, ¿existe algún problema familiar?) que será preciso subsanar.

Que los niños crean en la magia es sano y natural, siempre y cuando se trate de fantasías agradables que enriquezcan su mundo interior y nosotros estemos al tanto para ayudarlos a delimitar la frontera entre ilusión y realidad. Seguirles el juego es una manera de potenciar su inteligencia y lograr que sean adultos creativos.

Escrito por | 29 de abril de 2011 con 0 comentarios.
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