No pegarle a los niños

Desgraciadamente, hay padres que hacen uso y abuso de su peor arma: la agresión física. ¿Qué aprende un niño de los golpes que recibe? En el mejor de los casos, aprende a reprimir su conducta, por lo menos delante del agresor. En el peor de los casos, aprende que está permitido pegar al más débil.

Las palizas que se administran a un niño con el objeto de hacer daño físico real es una crueldad injustificable. No lo es el manotazo que cae sobre los dedos del niño imprudente. Con nuestra actitud, le estamos protegiendo y enseñando que “eso es peligroso para ti”. Perder los nervios ocurre a cualquiera y no debemos sentirnos culpables porque la exasperación nos ha llevado a dar una bofetada a un niño contestón. Pero pegar debe ser una conducta muy extraordinaria. Algo tan excepcional a lo largo de la infancia que ni el niño ni el progenitor lo olvidarán nunca.
El producto de una ira muy incontenible y muy ocasional. Y mucho mejor si el motivo lo justifica. Pero no siempre es así, porque la conducta de pegar suele provenir de la cólera y de la pérdida de autocontrol y las emociones fuertes no suelen ser buenas consejeras.

Hay que tener en cuenta que cuanto más mayor sea el niño más grave será nuestra agresión. No es lo mismo dar una fuerte palmada sobre la mano de un niño de 18 meses que se empeña en intentar meter los dedos en un enchufe, que rozar la mejilla de un adolescente. En el primer caso, hemos adoptado una actitud útil y eficaz. En el segundo hemos herido su orgullo y nos hemos expuesto a que nos rete.

Escrito por | 28 de agosto de 2011 con 0 comentarios.
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