Reconocer las emociones del niño

Ahora no, mi amor, ¿no ves que mamá está trabajando? Vamos anda a jugar.” Con un gesto aún cariñoso, pero ya levemente impaciente, la madre salva a su hijo del peligro de enredarse en el cable de la plancha y lo empuja hacia el centro de la cocina. “Vamos, juega con tus cubos.”

Pero Alan no quiere jugar más con los cubos, ya lo ha hecho durante un buen rato. Deambula un poco por la cocina, se entretiene un rato con los imanes pegados en la puerta de la heladera y termina por abrir la alacena de la vajilla. “¡Alan, deja eso!”, lo frena su mamá. El pequeño, asustado, le hace caso, aunque sólo por un momento; enseguida vuelve a abrir la puerta de la alacena. “¡No!”, grita su madre. Entonces, Alan, con sus 20 mesecitos, toma un plato, mira a su madre fijamente a los ojos y… ¡zas!, lo deja caer al suelo, donde se rompe en mil pedazos.

Ante una situación así, cualquier madre o padre se queda por un momento atónito. Ahí va su hijo, su amado bebé y les hace frente. ¿Cómo debemos reaccionar?

Según el ánimo y el temperamento, unos padres se enojarán, otros se lo tomarán con más humor. Pero la mayoría se sentirá bastante impotente y sin saber qué hacer.  Para impedir la escalada de provocaciones desde el principio, los padres deberían desarrollar una virtud sumamente importante: estar atentos a las emociones de su hijo.

Debemos perder tiempo para ganarlo. Muchos padres y madres alegan que no tienen tiempo para tratar a su hijo con tanta consideración como para averiguar sus sentimientos y leer sus pensamientos antes de que se produzca una pequeña catástrofe doméstica. Necesitan tener la comida hecha a una hora determinada y hacer multitud de cosas sin ser constantemente interrumpidos por las exigencias del pequeño, Sin embargo, arriesgándose a una escalada de provocaciones y berrinches pierden mucho más tiempo, si nos tomáramos el tiempo de invertir en él unos pocos minutos de atención amable y apacible, el niño hariá por voluntad propia todo lo que esperamos de él.

Sentimientos felices, harán que los niños se sientan escuchados, atendidos y amados en todo momento y así no necesitarán recurrir al sistema de las constantes provocaciones.

Cuidado al prometer al niño: “Espera cinco minutos, en cuanto termine, vamos a jugar al caballito” (huelga decir que estas promesas hay que cumplirlas a rajatablas).

Escrito por | 16 de marzo de 2012 con 0 comentarios.
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